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El Cerebro Solitario

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Nadie puede sentir de verdad lo que siente otra persona, aunque podemos simpatizar a través de experiencias compartidas. Esta separación tiene su lado bueno  tenemos el derecho inalienable a la intimidad , pero también su lado malo: la soledad y el miedo existencial. Y ahí, paradójicamente, es donde empieza la alegría.

Nuestros cerebros no obtienen información del medio y la archivan igual que hacen una cámara o un magnetofón. El aprendizaje modifica las conexiones entre las neuronas haciendo que lo que recordamos cambie continuamente.

Un estímulo excita los receptores sensoriales, que envían un mensaje al cerebro que provoca en el una reacción por medio de la cual elabora un canon de actividad neurológica. La actividad sensorial que provocó la elaboración es eliminada, dejando solo su producto. Este canon no <<representa>> al estímulo para la persona que lo recibe.

El significado es distinto para cada persona, porque depende de su experiencia pasada. Puesto que la actividad sensorial es eliminada, y solo se guarda la elaboración, el único conocimiento que tenemos es el que elaboramos en nuestro cerebro. No podemos conocer el mundo introduciendo objetos o representaciones de objetos en nuestros cerebros, porque el mundo es infinitamente complejo y un cerebro individual sólo puede saber lo poco que puede crear en su propio interior. Si todo lo que cada uno de nosotros sabe se elabora en el interior de nuestros cerebros, ¿cómo podemos saber las mismas cosas?. Podemos aprender casi las mismas cosas. Casi. Sobre todo cuando vamos a la misma escuela o nos criamos en el mismo vecindario y adquirimos el mismo lenguaje y la misma cultura.

La alegría viene de superar la barrera que hay entre nosotros y compartir nuestras sensaciones y comodidades; aunque nunca podemos cruzarla en realidad, podemos acercarnos. Y hay mas en esta comunión que en la mera charla. Está la confianza, sobre la cual descansan la amistad y el compañerismo.

¿Cuál es la química de la confianza? Las respuestas se encuentran cuando se vuelve la vista hacia nuestros antepasados mamíferos. La crianza requiere cuidados intensivos de los padres, que conllevan lazos entre estos y el niño. Ahora bien, ¿Cómo se convierte un despreocupado niño, cuando ha crecido, en un padre? Este cambio de papel exige un cambio impresionante en las creencias, actitudes y valores. Los seres humanos se enamoran primero uno de otro y luego de su descendencia.

Los científicos han descubierto que cuando los animales se aparean y dan a luz, se liberan compuestos químicos específicos en sus cerebros que posibilitan que su conducta cambie. Aparecen los modelos maternales y paternales de asistencia. El más importante es un compuesto químico llamado occitocina. Este compuesto no provoca alegría por el contrario, puede provocar ansiedad porque funde los cánones de conexiones entre las neuronas que conservan la experiencia, de manera tal que puede formarse una experiencia nueva. Cuando nos enamoramos por primera vez, nos percatamos de esa fusión de la forma más dramática, como si de una espantosa pérdida de identidad y autocontrol se tratase. Los lazos de confianza se establecen no por la fusión, sino por la actividad compartida posterior, en la que las personas aprenden unas de otras a través de la cooperación.

Wlater J. Freeman
Profesor de la Escuela de Posgrado
Universidad de Berkeley, California

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